Categoría: Más allá de un cuerpo físico

  • Romper el círculo de la impaciencia

    Si te dijera que el fin de las peleas constantes con tu pareja podría estar en una sola decisión —la de cambiar la forma en que reaccionas y pides las cosas—, ¿me creerías? La mayoría de las veces no son los grandes problemas los que nos separan, sino las pequeñas fricciones del día a día. Las presiones del trabajo, los temas de salud, los retos con los hijos o simplemente la carga de mantener una casa pueden hacer que perdamos la paciencia. Somos seres distintos, con formas únicas de sentir y reaccionar, y eso a veces nos lleva a chocar.

    Hay quienes son más emocionales y otras personas que, sin darse cuenta, esconden lo que sienten. Muchas veces ni siquiera sabemos qué fue exactamente lo que detonó nuestro enojo; solo sentimos una molestia interna que cargamos todo el día. Esa energía se acumula y, sin darnos cuenta, terminamos reaccionando con irritación ante nuestra pareja. Él percibe la agresividad y responde exaltado, y así nace un círculo vicioso que nos aleja poco a poco.

    Si entendemos que el 95% de lo que pensamos y sentimos viene del inconsciente, podemos aceptar que todos necesitamos espacios para conectar con nuestro interior. Cada persona encuentra su forma: algunos a través del ejercicio, otros escribiendo, pintando, meditando o simplemente caminando en la naturaleza. Son momentos en los que soltamos, respiramos y dejamos que la mente se aquiete.

    Cuando nos regalamos esos espacios, regresamos más claros. Podemos expresar qué fue lo que realmente nos molestó y pedir lo que necesitamos sin atacar. En ese momento, la conversación cambia. Ya no se trata de culpar, sino de construir. Nuestra pareja podrá decidir si puede o no responder a lo que pedimos, pero al menos habremos comunicado con claridad.

    La clave está en hacer introspección. En observarnos antes de reaccionar. Solo así podremos volver a comunicarnos desde la calma, sin explotar, y construir acuerdos que fortalezcan la relación y nos devuelvan a ese espacio de amor que, en el fondo, ambos buscamos.

  • Dos tipos de personas: ¿a cuál perteneces?

    El otro día, caminando con mi esposo —en uno de esos paseos donde casi siempre empezamos hablando de cosas triviales de la vida diaria y terminamos reflexionando sobre temas profundos conforme el camino avanza—, surgió una conversación muy interesante.

    Empezamos a hablar de cómo todos los seres humanos tenemos una motivación detrás de lo que hacemos en cada momento. Y llegamos a la conclusión de que hay dos tipos de personas: las de mente grande y las de alma grande.

    A las personas con mente grande —esas que ya les he mencionado antes— las caracteriza una disciplina impecable. Son quienes hacen lo que saben que deben hacer sin cuestionarse demasiado. Todo lo que emprenden lo hacen movidos por la motivación de ganar. Por ejemplo, hacen ejercicio porque quieren verse y sentirse más fuertes; salen con sus amigos porque saben que las relaciones sólidas les aportan bienestar; comen saludable porque quieren mantenerse en buena forma; trabajan duro para alcanzar el puesto de director, y comprarse la casa grande o viajar por el mundo. En pocas palabras, su motivación está en lo que pueden obtener de manera tangible o visible a través de sus acciones.

    En cambio, las personas con alma grande son distintas. Son aquellas que nacen con un don natural para conectar con los demás, que brillan simplemente con su presencia. Lo que las motiva no es el resultado material, sino la conexión emocional o el aprendizaje interior que les deja cada experiencia. Hacen ejercicio porque se sienten bien después, comen sano porque disfrutan sentirse en equilibrio, salen con sus amigos para compartir risas y buenos momentos, y en su trabajo los mueve el impacto positivo que pueden generar en quienes los rodean o en el mundo.

    En realidad, ambos tipos de personas están motivadas por un “premio”, solo que la naturaleza de ese premio es distinta: unos buscan lo material o tangible; los otros, lo emocional o espiritual.

    El punto está en identificar qué tipo de persona eres —si tienes mente grande o alma grande— para ser consciente de qué área puedes trabajar más y así avanzar hacia tu mejor versión. Porque al final, todos tenemos la capacidad de desarrollar ambas partes; solo que nacemos con una más predominante que la otra.

    Y curiosamente, solemos admirar aquello que no tenemos. De esas personas que representan lo que nos falta podemos aprender muchísimo si lo hacemos desde la conciencia y la humildad.

    En mi caso, nací con un don para conectar con las personas. Me resulta fácil relacionarme y percibir lo que sienten los demás. Sin embargo, la parte de la disciplina mental —mantenerme objetiva, no caer en el drama y sostener el enfoque— es algo que me cuesta más. Por eso, cuando veo a alguien con esas cualidades, lo admiro profundamente. Porque mientras para ellos es natural, yo trabajo cada día para fortalecerlo en mí.

    Y lo curioso es que muchas de esas personas con mente grande se acercan a mí para preguntarme cómo hago para conectar tan fácilmente, para pertenecer a tantos grupos o para sentir y comprender las emociones de los demás. Y ahí entiendo que eso es lo que me da mi alma grande.

    Pero también sé que mi crecimiento personal está en seguir desarrollando mi mente grande, en integrar ambas partes.

    ¿Y tú? ¿Qué tipo de persona te consideras: mente grande o alma grande?

  • Descubriendo la grandeza dentro de ti

    Desde que empecé a ver a las personas como seres humanos que sobresalen por su mente grande o por su alma grande, me he dedicado a observar con atención las características que distinguen a cada uno de estos dos grupos. Con el tiempo, esta clasificación se ha vuelto cada vez más clara para mí: todos, de una u otra manera, cabemos en alguna de estas dos definiciones.

    Y lo más fascinante es que, en ambos casos, encuentro cosas profundamente admirables. Las personas con mente grande destacan por unos rasgos, mientras que las de alma grande lo hacen por otros. Al identificarnos en alguno de los dos grupos, podemos validarnos en aquello que nos hace sobresalir y, al mismo tiempo, reconocer en los demás las cualidades que quizá no tenemos, pero que podemos aprender de ellos. Lo ideal sería que cada uno de nosotros logre identificar dónde se encuentra y, desde ahí, trabajar en lo que le falta para integrar ambas dimensiones y convertirse en la mejor versión de sí mismo.

    Partamos de una idea: las personas con mente grande se caracterizan principalmente por su disciplina. Son aquellas que no ponen pretextos y cumplen sin importar la hora o el día. Se comprometen con su ejercicio, con su alimentación, con su vida social y familiar. No dependen de la aprobación ni del sentido de pertenencia a un grupo para actuar: simplemente hacen lo que saben que quieren o necesitan hacer. Suelen parecer un poco egoístas, pero de una manera positiva, porque ponen en primer lugar sus objetivos y son fieles a ellos. Son las personas que ves corriendo un domingo en la mañana, que deciden no ir a una fiesta porque no tienen ganas, o que incluso ponen límites claros a su familia porque necesitan su propio espacio. En resumen, son personas que le hacen caso a su mente y a lo que ellas quieren, sin dejarse distraer por lo demás.

    En contraste, las personas con alma grande brillan por su empatía. Son quienes tienen un sentido de conexión muy especial con los demás, los que saben leer y acompañar los sentimientos ajenos y propios. Tienen un don de gente natural: buscan hacer el bien, se enfocan en cómo se sienten y en cómo se sienten quienes los rodean antes de actuar, y esa sensibilidad los hace destacar. Siempre parecen rodeados de personas, porque suelen ser el centro de su entorno social. Inspiran confianza, brillan por su sola presencia y, muchas veces, son líderes porque saben conectar con la gente de un modo único.

    Al final, la humanidad se compone de estas dos grandes formas de ser. Y no significa que si eres una no puedas ser la otra; simplemente siempre habrá un aspecto que te defina un poco más. Curiosamente, lo que más admiramos en los demás suele ser lo que no tenemos nosotros, y ahí está la oportunidad de crecer. Por eso, te invito a hacer una introspección honesta: ¿te reconoces más en una mente grande o en un alma grande? Desde esa respuesta podrás descubrir qué parte necesitas desarrollar para equilibrarte y acercarte cada vez más a tu mejor versión.

  • Creencias heredadas: lo que puede unir o destruir un matrimonio

    El otro día estaba platicando con mi esposo —llevamos más de 22 años juntos— y surgió una de esas conversaciones profundas que de pronto aparecen sin buscarlas. Empezamos a hablar de las creencias con las que cada uno llegó al matrimonio y cómo, con el tiempo, tuvimos que transformarlas o incluso dejarlas atrás para que nuestra relación pudiera funcionar.

    Me puse a pensar en cómo se forman esas creencias. De los cero a los siete años, el cerebro de un niño está en un estado llamado theta. Eso significa que todo lo que escucha de sus padres, maestros o de las personas a su alrededor se convierte en una verdad absoluta que se graba para siempre en su mente. Es como si esas ideas fueran semillas que se quedan allí, y muchas veces siguen influyendo en la vida adulta sin que uno se dé cuenta.

    Mi esposo y yo venimos de familias muy diferentes. En la mía, crecí con reglas claras, límites firmes y una educación muy estricta. En cambio, en la suya, casi no había límites; la crianza se basaba más en la confianza y, a veces, en el chantaje emocional. Cuando empezamos nuestra vida juntos, chocamos mucho. Traíamos “verdades” distintas, y cada uno defendía lo que conocía. Pero poco a poco entendimos que no se trataba de ver quién tenía la razón, sino de aprender a abrirnos y crear nuevas creencias juntos.

    Con el tiempo también descubrimos algo importante: el 95% de lo que pensamos y hacemos como adultos está en el inconsciente. Es decir, la mayoría de las veces reaccionamos desde esas creencias que se formaron en la infancia sin darnos cuenta. Y si no hacemos un trabajo de mirar hacia adentro, de preguntarnos “¿por qué creo que esto está bien o mal?”, entonces seguimos actuando en automático, arrastrando programas que pueden limitarnos.

    Hoy puedo decir que nuestro matrimonio ha sido un espacio de aprendizaje constante. Hemos tenido que ceder, escuchar y, sobre todo, soltar creencias que nos parecían inamovibles. Y me doy cuenta de que cuando alguien no está dispuesto a cuestionar lo que aprendió solo porque “así fue en mi familia y punto”, esa rigidez puede llegar a romper hasta la relación más fuerte.

    Por eso, creo que mirar nuestras creencias es fundamental. No para juzgarlas, sino para reconocer cuáles ya no nos sirven y cuáles podemos transformar. Porque al final, cuando cambias la forma de pensar, cambias también lo que sientes… y poco a poco, cambias la manera en la que vives.

  • ¿Tienes Mente Grande o Alma Grande? Descúbrelo para Crecer y Encontrar la Paz

    A lo largo de mis años de observación, leyendo millones de libros de autoayuda y participando en numerosas sesiones de terapias tradicionales, holísticas y energéticas, he llegado a una conclusión clara: todas las personas tenemos una parte más desarrollada que la otra. El reto y la oportunidad están en identificar cuál es nuestra fortaleza y cuál nuestra área a trabajar, para así crecer como seres completos y acercarnos a la paz interior que todos buscamos.

    Creo firmemente, y lo veo constantemente, que hay personas con mente grande. Son disciplinadas en su aspecto físico e intelectual, completamente conectadas con su cuerpo, su bienestar y su salud. Honran su cuerpo con movimiento, aprovechando cualquier oportunidad del día para caminar, subir escaleras o mantenerse activas. Se levantan temprano para hacer ejercicio antes de que la casa despierte, y aunque eso implique sacrificios, lo hacen con constancia. Incluso cuando llegan agotadas del trabajo, en lugar de distraerse con el celular o descansar en un sillón, eligen cuidar su cuerpo y su mente: trabajan en el jardín, hacen tareas de la casa o salen a pasear para liberar el estrés del día. He visto a padres entrenando a sus hijos que, en lugar de quedarse pegados al celular, recorren toda la cancha acompañando a sus hijos. Lo más admirable de estas personas es su disciplina con el cuerpo y la salud metabólica. Constantemente me encuentro con personas mayores que hacen caminatas desafiantes con subidas y bajadas, recordándome que muchas veces la única limitante está en nuestra mente.

    Por otro lado, están las personas con alma grande, aquellas que están profundamente conectadas con sus emociones y las de los demás. Son empáticas, sensibles y conscientes del mundo que los rodea. Son las personas que, al ver a un vecino tropezar, corren a ayudarlo y se aseguran de que esté bien. Tienen un gran sentido del humor y, al llegar a un lugar, iluminan el ambiente con su presencia. Son líderes naturales, capaces de inspirar y hacer sentir bien a quienes los rodean. Estas personas entregan sin esperar nada a cambio, y es precisamente su generosidad y conexión con los demás lo que los engrandece y les genera felicidad.

    Algunos de nosotros tenemos más desarrollada la mente que el alma, o viceversa. Lo interesante es que cuando logras identificar tus áreas de fortaleza y las de quienes te rodean—pareja, hijos, padres, hermanos o amigos—empiezas a entender mejor sus rasgos de personalidad y a aprender de ellos. De esta manera, puedes trabajar en aquello que no tienes tan desarrollado. Por ejemplo, si tienes alma grande, puedes entrenar tu disciplina mental y física; si tienes mente grande, puedes aprender a conectar más con tus emociones y con los demás.

    El crecimiento personal no se trata de competir con otros, sino de integrar lo mejor de ambos mundos. Cuando logramos esto, nos sentimos más completos, felices y en paz con quienes somos.

    La pregunta es: ¿sabes si tienes alma grande o mente grande? Reconocerlo es el primer paso para crecer y acercarte a la persona que realmente quieres ser.

  • El Dolor es Inevitable, el Sufrimiento es una Decisión

    A lo largo de la vida atravesamos momentos dolorosos en los que sentimos miedo, incertidumbre, frustración, enojo, ansiedad, tristeza, culpa, odio, vergüenza, envidia, celos, resentimiento, soledad, desilusión, inseguridad, apatía, rabia o desconfianza. Y no está mal sentirlas. Al contrario, es fundamental reconocerlas y darles espacio para salir de nuestro cuerpo. Podemos hacerlo a través de la respiración, del movimiento, de escribir, de hablar o de cualquier camino que nos ayude a liberar. Lo importante es no guardarlas. Cuando esas emociones permanecen atrapadas demasiado tiempo, terminan afectándonos físicamente y, con el paso de los años, pueden incluso transformarse en enfermedad.

    Todas estas emociones están ligadas al ego. El ego es la mente condicionada, esa parte de nosotros que se aferra al pasado, recordando heridas, o se pierde en el futuro, imaginando preocupaciones y expectativas. Es también la parte que se identifica con nuestro cuerpo, con nuestros pensamientos, con nuestras emociones, con los roles que desempeñamos e incluso con la aprobación de los demás. El ego busca constantemente tener control, compararse y recibir reconocimiento. Es, en cierto sentido, una máscara, lo aprendido, lo que cambia con el tiempo.

    Pero además del ego, todos tenemos dentro otra parte que llamamos el ser. El ser es nuestra esencia profunda, lo que somos sin etiquetas ni definiciones. Vive en el presente, en el aquí y el ahora, y no depende de lo que pienses, hagas o logres. Se manifiesta como conciencia, como esa voz interior que observa lo que piensas y sientes. Desde el ser surge la paz interior, esa calma que no necesita justificación. En el ser habita también el amor y la compasión, porque no juzga, simplemente conecta. Y es allí donde reconocemos la unidad, la certeza de que formamos parte de un todo y no estamos separados.

    Por eso, cuando experimentamos un sentimiento del ego, muchas enseñanzas nos dicen: “Está bien, siéntelo, libéralo y regresa”. ¿Regresar a dónde? A tu centro, al lugar donde gobierna el ser y no el ego, para encontrar nuevamente la paz interior y poder transitar la vida de una manera más ligera.

    Creo que todos los seres humanos, tarde o temprano, pasamos por procesos tan dolorosos que nos hacen caer en el ego. Esos momentos son tan fuertes que nos enfrentan a pensamientos y emociones que nunca habíamos sentido antes. Y aquí aparece una elección importante: ¿quieres sentir el dolor, darle espacio y liberarlo, o prefieres quedarte atrapado sufriendo durante meses o incluso años?

    Entiendo que un divorcio, una pelea con tus padres, la pérdida de un trabajo, la infertilidad, una enfermedad, el sufrimiento de un hijo o la soledad no son fáciles de sobrellevar. Muchas veces incluso caemos en el papel de víctima, justificando nuestro dolor para que el mundo reconozca lo difícil de nuestro proceso. Pero, al final, quien más sufre eres tú. Tu familia, tu pareja o tus amigos pueden acompañarte y sostenerte, pero no pueden liberarte de tu dolor ni cambiar la forma en que lo vives si tú no decides hacerlo diferente.

    En mi propio camino, especialmente con el cáncer, aprendí que cuando me quedaba atrapada en el dolor, lo pasaba terriblemente mal. Mi cuerpo se llenaba de ansiedad y expectativas, mi mente corría hacia todos los posibles escenarios del futuro y mis seres queridos sufrían al verme así. Con el tiempo entendí que cada experiencia que enfrentamos llega con un propósito: enseñarnos lo que vinimos a aprender en esta vida.

    Al final todo se reduce a una decisión. Puedes elegir abrirte al aprendizaje, liberar lo que duele y regresar a tu esencia, donde siempre hay paz. O puedes quedarte atrapado en el sufrimiento, permitiendo que el estrés, el miedo y el odio se apoderen de ti hasta enfermarte.

    La vida siempre nos da la oportunidad de regresar a nosotros mismos. La pregunta es: ¿vas a permitir que el ego siga dirigiendo tu vida o vas a elegir volver al ser?

  • Cuando soltar el control es el verdadero camino

    Tengo una amiga que está atravesando un proceso de divorcio muy difícil. Durante más de cinco años vivió una relación disfuncional con su pareja, a quien conoció cuando ambos tenían veinte años. Finalmente, fue su nivel de cansancio ante la agresividad constante en casa lo que la llevó a tomar la decisión de separarse.

    Todos los que la conocemos sabemos que, si ella no hubiera dado ese paso, él jamás lo habría hecho. No porque no estuviera mal, sino porque no tiene la capacidad de tomar decisiones importantes. Ella se convirtió en su cuidadora, y lo que debía ser una relación de pareja se transformó en una dinámica desigual, en la que parecía arrastrar a un hijo más. Era evidente el desgaste emocional: cada vez que la veía, estaba más apagada, más cansada, con la mirada de alguien que quiere tirar la toalla… pero que sigue, por sus hijos.

    Hasta que un día, tras una profunda introspección, entendió que no podía seguir viviendo en agresión ni infelicidad. Y pidió el divorcio.

    Lo que más me llama la atención es que, en casi todas las historias de separación, lo que sigue suele ser una guerra entre las partes. Una batalla de poder. En muchos casos, el dinero juega un papel clave: si una de las partes es el proveedor, usa ese rol como una forma de castigar o controlar. Por otro lado, la madre —que muchas veces tiene la custodia de los hijos— termina usándolos como moneda de cambio: «si me das tanto dinero, puedes verlos; si no, no los ves».

    Así, los niños terminan siendo el escudo, la herramienta, el rehén emocional para conseguir lo que uno quiere del otro.

    Mis dos mejores amigas son abogadas de familia, y ambas coinciden: siempre recomendarán un buen acuerdo entre las partes, porque cuando la batalla se vuelve legal, el dinero que están peleando acaba en manos de los abogados… y el daño emocional se multiplica, tanto para los adultos como para los niños. Una de ellas me confesó que muchas veces se siente como una terapeuta más que como abogada. Tiene que validar las emociones de su cliente para que este le dé permiso de aplicar ciertas estrategias legales. Pero al final, solo está defendiendo intereses. Y los hijos —tristemente— se vuelven parte de esa negociación.

    En estos procesos, lo más difícil es soltar el control. Dejar de querer ganar.

    Pero yo creo que si estás viviendo un divorcio, lo que la vida te está enseñando es precisamente a soltar. A dejar de pelear por lo que no te están dando. A dejar de exigir que las cosas salgan como tú quieres.

    Porque cuando logras hacer trabajo emocional, y sueltas el apego a ese dinero o a esa expectativa de cómo deberían ser las cosas, te das cuenta de que ahí está la verdadera sanación. Te conviertes en la persona que cede, no desde la derrota, sino desde el crecimiento. Desde la comprensión de que lo que no llega del otro, puedes crearlo tú.

    Ahí es cuando tomas responsabilidad sobre tu nueva vida. Profesional y personal. Sueltas los viejos patrones que ya no te sirven. Haces las paces con lo que no te dieron. Y dejas de escuchar a quienes solo te incitan a “no dejarte” o “pelear más fuerte”.

    En lugar de eso, te escuchas a ti. Tomas perspectiva. Te enfocas en lo que quieres construir. Y comienzas a agradecer por eso que deseas, como si ya fuera parte de tu vida. Porque confiar, fluir y responsabilizarte es el camino más directo hacia lo que realmente quieres.

    Si te quedas en la pelea, en el resentimiento, en los “tres pesos que tu ex no te da”, la energía que tanto quieres atraer se aleja. Te quedas atorada ahí.

    Así que la verdadera pregunta es: ¿De verdad quieres seguir peleando? ¿O prefieres soltar, confiar… y empezar a crear tu nueva realidad desde el amor y la responsabilidad?

  • ¿Y si el entorno ya no te empuja?

    Y volver a ese lugar tan paradisíaco en donde viví tan feliz hace dos años. Donde vi a mis hijos más contentos que en ningún otro lugar. Una vida de playa, en la que la mayoría del tiempo estaban descalzos, jugando en el parque, en la arena, y en la que todo se respira con un ritmo tranquilo, sin acelerador.

    Platicando con mi esposo, comentábamos cómo los momentos de berrinche o explosiones de enojo han sido mucho menos frecuentes desde que decidimos pasar el verano en este paraíso. Después de reflexionar mucho sobre las razones, llegamos a la conclusión de que aquí los niños se sienten más libres, más sueltos… y pueden fluir sin tanta prisa. Son características naturales del verano: los días son menos exigentes, hay más descanso, las mañanas son lentas y sin tanto apuro.

    Pero esa soltura también la siento yo. En esas ganas de despertarte y salir a hacer ejercicio o prepararles el desayuno y el lunch a los niños, porque siempre hay esa ayuda maravillosa que tanto valoramos las familias que vivimos en Estados Unidos. Esa ayuda que te hace la vida fácil, y que al mismo tiempo te instala en una comodidad que rara vez sentimos allá. Una comodidad que puede llevarte a quedarte en tu zona de confort más de lo que estás acostumbrada.

    Hoy siento que tenemos lo mejor de los dos mundos. Vivimos con la tecnología y seguridad de un país de primer mundo, pero estamos disfrutando un verano increíble en nuestro país. Aquí nos sentimos enraizados. Todo fluye con calma. Como dice mi hija de 8 años, “aquí la comida siempre sabe rica, hago amigos donde sea porque les gusta jugar lo mismo que a mí, y siempre hay alguien que ayuda”. Y eso lo sentimos todos: mi esposo, mis hijos… y yo.

    Es increíble cómo la sociedad mexicana te lleva a conectar de forma profunda. En poco tiempo puedes tener pláticas sinceras, compartir una clase, y sembrar una amistad que puede durar mil años. Como si el sentimiento de “nunca nos fuimos” siguiera latente. En este paraíso, Cancún, cada vez que regresamos y vemos a nuestra gente, todo encaja. Es como si el tiempo no hubiera pasado. Todo se siente como en casa.

    Desde que llegamos a vivir a Estados Unidos hemos aprendido a ser lo más eficientes posible. Y estar aquí, en cambio, te invita a cuestionarte, a bajar el ritmo… tanto que, a veces, uno cae en una zona de confort que no siempre es bienvenida. Y entonces surge la pregunta: ¿Será posible regresar a este lugar siendo esa nueva versión de mí, más eficiente, más despierta, más activa a nivel personal e intelectual… y no perderlo? ¿Será posible mantener ese crecimiento interior, aun cuando estás en un espacio donde la vida se mueve más lento?

    Ese, creo, es el verdadero reto: estar donde la vida te lleve, pero mantenerte en acción y en crecimiento desde adentro. Ser tan fuerte internamente que no importe el lugar, el ritmo o las circunstancias. Que esta nueva versión de ti ya sea parte de tu esencia, y no dependas de una sociedad rápida o exigente para mantenerte firme.

    Volver a construir una mente grande por dentro. Una mente tan sólida que, estés donde estés, la corriente no te arrastre. Que sigas creciendo, produciendo, viviendo desde tu centro… y no desde la velocidad del entorno.

  • El Desafío de Regresar Siendo Otra

    Y vivir esas convivencias familiares con las personas que más amas —con quienes has anhelado estar durante tanto tiempo—, y de pronto darte cuenta de que algún comentario, situación o espacio que visitas te remonta al pasado… o algo que vives en ese lugar donde creciste, rodeada de toda tu gente, puede sacudir tu paz interior. Esa paz que creías firme se mueve, y vuelven a surgir miedos ante cosas que parecen triviales, simplemente porque conectaste con sentimientos antiguos que ese espacio te despierta.

    Es ahí donde tienes que poner especial atención: en eso que te mueve, en ese comentario o actitud de alguien que despierta en ti sentimientos de enojo, tristeza o frustración. Y comprender que, en realidad, no tiene nada que ver contigo. No debes tomártelo de forma personal. Solo necesitas observarlo, subrayarlo sin reaccionar, para después —en tu tiempo a solas— poder trabajarlo, entender de dónde viene ese enojo que provocó ese comentario… y sanarlo desde su raíz.

    Porque no tienes por qué reaccionar ni tratar de controlar lo que dice el otro. Debes aceptar que las personas no van a cambiar, y esos comentarios probablemente siempre estarán ahí. Lo verdaderamente importante es observar por qué te están moviendo de tu centro y qué parte de ti está reaccionando. ¿Por qué eso provoca ese sentimiento dentro de ti?

    Y yo creo que regresar a esos espacios es, sin duda, lo que más te reta. Porque, en mi caso, me recuerda a quién era antes de tener cáncer de pecho. Me da nostalgia tocar esa parte de mí: lo que era, a dónde pertenecía. Y sentir que ahora soy otra persona, que ya no soy la misma de antes, me llena de emociones como tristeza, enojo, miedo. Pero entonces recurro a las herramientas que tengo para no quedarme atrapada ahí. Me permito liberar todo eso, y me enfoco en todo lo bueno que me trajo este proceso. Me conecto con el presente y con la certeza de que todo eso ya quedó atrás. No tengo por qué enfocarme en lo malo ni permitir que mi ego me invada con millones de pensamientos negativos que solo me hacen sentir sola, víctima y profundamente enojada con la situación.

    Además, cuando alguien renace, significa que algo dentro de él tuvo que morir primero para que pudiera emerger una nueva persona, un nuevo ser. Y es ahí donde regreso a repetirme internamente que hoy soy una mejor versión de mí misma. Disfruto más la vida, amo más, valoro cada instante de mi existencia de una forma completamente diferente. Y regreso siempre a esa verdad: ningún doctor, ninguna terapia holística, nadie tiene la verdad absoluta sobre lo que va a pasar conmigo. El único que sabe realmente cuándo y cómo terminará mi vida es Dios. Así que me rindo completamente ante Él, y confío en que, si lo viví, es porque era lo mejor para mí.

    Pero qué difícil es cuando regresas a ese espacio, con esa gente que te hace cuestionarlo todo. De pronto sientes su vibra de lástima, la percibes tan profundamente que es difícil no tomarla personal. Sin embargo, me separo, me observo y me repito que ellos están viviendo sus propios procesos, y que el hecho de que hoy yo me vea y me sienta distinta no tiene por qué separarme de mi gente. Al contrario: llego como una persona renovada, con el deseo de compartir mi proceso, porque tal vez a alguien le sirva escuchar cómo es vivir esto desde el agradecimiento y desde la apertura a todo lo que viene a entregarte.

    Y si con mi experiencia alguien cambia la forma de ver su propio proceso —ese camino individual que cada quien está atravesando—, con eso me doy por bien servida. Porque sabré que mi situación ya ayudó a alguien a cambiar su perspectiva sobre la vida.

  • Las tres claves para lograr tu objetivo: atención, intención y agradecimiento

    Estoy tomando el curso The Givers de Juan Lucas Martín, y en él aprendí tres pasos que, curiosamente, llevo mucho tiempo practicando sin saber que tenían un nombre o una estructura clara. Es como si este curso hubiera puesto en palabras todo eso que yo ya venía haciendo de forma intuitiva. Y eso me dio una sensación de claridad y dirección que quiero compartir contigo.

    1. La atención: ¿Dónde estás poniendo tu energía?

    El primer paso es saber con claridad dónde quieres poner tu atención. Puedes enfocarte en el problema que estás viviendo, en lo que hiciste «mal», en lo que podrías haber hecho diferente, o en los posibles escenarios negativos del futuro. O puedes elegir estar presente, poner tu atención en el ahora, y desde ese lugar comenzar a construir un futuro distinto, alineado con lo que sí deseas.

    La realidad que vives día a día está profundamente influenciada por ese 95% de pensamientos que tienes de forma repetitiva. Por eso es tan importante que te preguntes: ¿Qué tipo de pensamientos estoy alimentando? No se trata de negar la realidad o evitar los desafíos, sino de reconocer que tú puedes decidir a qué prestarle atención y, con ello, crear nuevas posibilidades. Lo demás, déjaselo al ser divino en el que creas. Confía.

    2. La intención: tu compromiso con lo que deseas

    La atención, por sí sola, no basta. Necesita estar acompañada de una intención clara. Es esa fuerza que le da sentido a lo que estás enfocando y que te recuerda que tú también tienes una parte activa en la creación de tu realidad.

    Por ejemplo, si tu meta es sanar, tu intención tiene que alinearse con acciones concretas: alimentarte bien, mover tu cuerpo, meditar, ir a terapia, descansar… No basta con desear un cuerpo saludable sin hacer nada al respecto. La intención se convierte en esa energía que impulsa tus actos, en la decisión consciente de comprometerte con tu bienestar. No es magia. Es responsabilidad, constancia y disciplina con lo que te toca.

    3. El agradecimiento: tu ancla a la plenitud

    El tercer paso es el agradecimiento. Agradecer todo lo que tienes hoy, incluso aquello que consideras «ordinario». Desde el simple hecho de despertarte en la mañana y tener un nuevo día por delante, hasta tu salud, tu pareja, tu familia, tu casa. Pero también agradecer, desde ya, eso que estás trabajando por manifestar, como si ya estuviera sucediendo.

    Cuando agradeces en presente por lo que aún está en camino, generas una emoción expansiva dentro de ti. Esa emoción crea la vibración necesaria para atraer lo que deseas, y te conecta con un estado de abundancia, no de carencia. Te hace sentir merecedor.


    Estos tres pasos —atención, intención y agradecimiento— pueden parecer simples, pero tienen un poder transformador enorme. Te ayudan a reducir la ansiedad que produce vivir en el pasado o en el futuro, y a liberarte de los miedos que tú mismo generas al imaginar escenarios catastróficos que rara vez se cumplen.

    Recuerda: no importa lo que estés viviendo hoy, lo que realmente puede marcar la diferencia es tu decisión de hacer las cosas de manera distinta. No esperes al lunes, al próximo mes o al “cuando tenga tiempo”. Decide hoy. Empieza hoy. Y verás cómo todo empieza a cambiar.