Categoría: Más allá de un cuerpo físico

  • ¿Tienes Mente Grande o Alma Grande? Descúbrelo para Crecer y Encontrar la Paz

    A lo largo de mis años de observación, leyendo millones de libros de autoayuda y participando en numerosas sesiones de terapias tradicionales, holísticas y energéticas, he llegado a una conclusión clara: todas las personas tenemos una parte más desarrollada que la otra. El reto y la oportunidad están en identificar cuál es nuestra fortaleza y cuál nuestra área a trabajar, para así crecer como seres completos y acercarnos a la paz interior que todos buscamos.

    Creo firmemente, y lo veo constantemente, que hay personas con mente grande. Son disciplinadas en su aspecto físico e intelectual, completamente conectadas con su cuerpo, su bienestar y su salud. Honran su cuerpo con movimiento, aprovechando cualquier oportunidad del día para caminar, subir escaleras o mantenerse activas. Se levantan temprano para hacer ejercicio antes de que la casa despierte, y aunque eso implique sacrificios, lo hacen con constancia. Incluso cuando llegan agotadas del trabajo, en lugar de distraerse con el celular o descansar en un sillón, eligen cuidar su cuerpo y su mente: trabajan en el jardín, hacen tareas de la casa o salen a pasear para liberar el estrés del día. He visto a padres entrenando a sus hijos que, en lugar de quedarse pegados al celular, recorren toda la cancha acompañando a sus hijos. Lo más admirable de estas personas es su disciplina con el cuerpo y la salud metabólica. Constantemente me encuentro con personas mayores que hacen caminatas desafiantes con subidas y bajadas, recordándome que muchas veces la única limitante está en nuestra mente.

    Por otro lado, están las personas con alma grande, aquellas que están profundamente conectadas con sus emociones y las de los demás. Son empáticas, sensibles y conscientes del mundo que los rodea. Son las personas que, al ver a un vecino tropezar, corren a ayudarlo y se aseguran de que esté bien. Tienen un gran sentido del humor y, al llegar a un lugar, iluminan el ambiente con su presencia. Son líderes naturales, capaces de inspirar y hacer sentir bien a quienes los rodean. Estas personas entregan sin esperar nada a cambio, y es precisamente su generosidad y conexión con los demás lo que los engrandece y les genera felicidad.

    Algunos de nosotros tenemos más desarrollada la mente que el alma, o viceversa. Lo interesante es que cuando logras identificar tus áreas de fortaleza y las de quienes te rodean—pareja, hijos, padres, hermanos o amigos—empiezas a entender mejor sus rasgos de personalidad y a aprender de ellos. De esta manera, puedes trabajar en aquello que no tienes tan desarrollado. Por ejemplo, si tienes alma grande, puedes entrenar tu disciplina mental y física; si tienes mente grande, puedes aprender a conectar más con tus emociones y con los demás.

    El crecimiento personal no se trata de competir con otros, sino de integrar lo mejor de ambos mundos. Cuando logramos esto, nos sentimos más completos, felices y en paz con quienes somos.

    La pregunta es: ¿sabes si tienes alma grande o mente grande? Reconocerlo es el primer paso para crecer y acercarte a la persona que realmente quieres ser.

  • El Dolor es Inevitable, el Sufrimiento es una Decisión

    A lo largo de la vida atravesamos momentos dolorosos en los que sentimos miedo, incertidumbre, frustración, enojo, ansiedad, tristeza, culpa, odio, vergüenza, envidia, celos, resentimiento, soledad, desilusión, inseguridad, apatía, rabia o desconfianza. Y no está mal sentirlas. Al contrario, es fundamental reconocerlas y darles espacio para salir de nuestro cuerpo. Podemos hacerlo a través de la respiración, del movimiento, de escribir, de hablar o de cualquier camino que nos ayude a liberar. Lo importante es no guardarlas. Cuando esas emociones permanecen atrapadas demasiado tiempo, terminan afectándonos físicamente y, con el paso de los años, pueden incluso transformarse en enfermedad.

    Todas estas emociones están ligadas al ego. El ego es la mente condicionada, esa parte de nosotros que se aferra al pasado, recordando heridas, o se pierde en el futuro, imaginando preocupaciones y expectativas. Es también la parte que se identifica con nuestro cuerpo, con nuestros pensamientos, con nuestras emociones, con los roles que desempeñamos e incluso con la aprobación de los demás. El ego busca constantemente tener control, compararse y recibir reconocimiento. Es, en cierto sentido, una máscara, lo aprendido, lo que cambia con el tiempo.

    Pero además del ego, todos tenemos dentro otra parte que llamamos el ser. El ser es nuestra esencia profunda, lo que somos sin etiquetas ni definiciones. Vive en el presente, en el aquí y el ahora, y no depende de lo que pienses, hagas o logres. Se manifiesta como conciencia, como esa voz interior que observa lo que piensas y sientes. Desde el ser surge la paz interior, esa calma que no necesita justificación. En el ser habita también el amor y la compasión, porque no juzga, simplemente conecta. Y es allí donde reconocemos la unidad, la certeza de que formamos parte de un todo y no estamos separados.

    Por eso, cuando experimentamos un sentimiento del ego, muchas enseñanzas nos dicen: “Está bien, siéntelo, libéralo y regresa”. ¿Regresar a dónde? A tu centro, al lugar donde gobierna el ser y no el ego, para encontrar nuevamente la paz interior y poder transitar la vida de una manera más ligera.

    Creo que todos los seres humanos, tarde o temprano, pasamos por procesos tan dolorosos que nos hacen caer en el ego. Esos momentos son tan fuertes que nos enfrentan a pensamientos y emociones que nunca habíamos sentido antes. Y aquí aparece una elección importante: ¿quieres sentir el dolor, darle espacio y liberarlo, o prefieres quedarte atrapado sufriendo durante meses o incluso años?

    Entiendo que un divorcio, una pelea con tus padres, la pérdida de un trabajo, la infertilidad, una enfermedad, el sufrimiento de un hijo o la soledad no son fáciles de sobrellevar. Muchas veces incluso caemos en el papel de víctima, justificando nuestro dolor para que el mundo reconozca lo difícil de nuestro proceso. Pero, al final, quien más sufre eres tú. Tu familia, tu pareja o tus amigos pueden acompañarte y sostenerte, pero no pueden liberarte de tu dolor ni cambiar la forma en que lo vives si tú no decides hacerlo diferente.

    En mi propio camino, especialmente con el cáncer, aprendí que cuando me quedaba atrapada en el dolor, lo pasaba terriblemente mal. Mi cuerpo se llenaba de ansiedad y expectativas, mi mente corría hacia todos los posibles escenarios del futuro y mis seres queridos sufrían al verme así. Con el tiempo entendí que cada experiencia que enfrentamos llega con un propósito: enseñarnos lo que vinimos a aprender en esta vida.

    Al final todo se reduce a una decisión. Puedes elegir abrirte al aprendizaje, liberar lo que duele y regresar a tu esencia, donde siempre hay paz. O puedes quedarte atrapado en el sufrimiento, permitiendo que el estrés, el miedo y el odio se apoderen de ti hasta enfermarte.

    La vida siempre nos da la oportunidad de regresar a nosotros mismos. La pregunta es: ¿vas a permitir que el ego siga dirigiendo tu vida o vas a elegir volver al ser?

  • Cuando soltar el control es el verdadero camino

    Tengo una amiga que está atravesando un proceso de divorcio muy difícil. Durante más de cinco años vivió una relación disfuncional con su pareja, a quien conoció cuando ambos tenían veinte años. Finalmente, fue su nivel de cansancio ante la agresividad constante en casa lo que la llevó a tomar la decisión de separarse.

    Todos los que la conocemos sabemos que, si ella no hubiera dado ese paso, él jamás lo habría hecho. No porque no estuviera mal, sino porque no tiene la capacidad de tomar decisiones importantes. Ella se convirtió en su cuidadora, y lo que debía ser una relación de pareja se transformó en una dinámica desigual, en la que parecía arrastrar a un hijo más. Era evidente el desgaste emocional: cada vez que la veía, estaba más apagada, más cansada, con la mirada de alguien que quiere tirar la toalla… pero que sigue, por sus hijos.

    Hasta que un día, tras una profunda introspección, entendió que no podía seguir viviendo en agresión ni infelicidad. Y pidió el divorcio.

    Lo que más me llama la atención es que, en casi todas las historias de separación, lo que sigue suele ser una guerra entre las partes. Una batalla de poder. En muchos casos, el dinero juega un papel clave: si una de las partes es el proveedor, usa ese rol como una forma de castigar o controlar. Por otro lado, la madre —que muchas veces tiene la custodia de los hijos— termina usándolos como moneda de cambio: «si me das tanto dinero, puedes verlos; si no, no los ves».

    Así, los niños terminan siendo el escudo, la herramienta, el rehén emocional para conseguir lo que uno quiere del otro.

    Mis dos mejores amigas son abogadas de familia, y ambas coinciden: siempre recomendarán un buen acuerdo entre las partes, porque cuando la batalla se vuelve legal, el dinero que están peleando acaba en manos de los abogados… y el daño emocional se multiplica, tanto para los adultos como para los niños. Una de ellas me confesó que muchas veces se siente como una terapeuta más que como abogada. Tiene que validar las emociones de su cliente para que este le dé permiso de aplicar ciertas estrategias legales. Pero al final, solo está defendiendo intereses. Y los hijos —tristemente— se vuelven parte de esa negociación.

    En estos procesos, lo más difícil es soltar el control. Dejar de querer ganar.

    Pero yo creo que si estás viviendo un divorcio, lo que la vida te está enseñando es precisamente a soltar. A dejar de pelear por lo que no te están dando. A dejar de exigir que las cosas salgan como tú quieres.

    Porque cuando logras hacer trabajo emocional, y sueltas el apego a ese dinero o a esa expectativa de cómo deberían ser las cosas, te das cuenta de que ahí está la verdadera sanación. Te conviertes en la persona que cede, no desde la derrota, sino desde el crecimiento. Desde la comprensión de que lo que no llega del otro, puedes crearlo tú.

    Ahí es cuando tomas responsabilidad sobre tu nueva vida. Profesional y personal. Sueltas los viejos patrones que ya no te sirven. Haces las paces con lo que no te dieron. Y dejas de escuchar a quienes solo te incitan a “no dejarte” o “pelear más fuerte”.

    En lugar de eso, te escuchas a ti. Tomas perspectiva. Te enfocas en lo que quieres construir. Y comienzas a agradecer por eso que deseas, como si ya fuera parte de tu vida. Porque confiar, fluir y responsabilizarte es el camino más directo hacia lo que realmente quieres.

    Si te quedas en la pelea, en el resentimiento, en los “tres pesos que tu ex no te da”, la energía que tanto quieres atraer se aleja. Te quedas atorada ahí.

    Así que la verdadera pregunta es: ¿De verdad quieres seguir peleando? ¿O prefieres soltar, confiar… y empezar a crear tu nueva realidad desde el amor y la responsabilidad?

  • ¿Y si el entorno ya no te empuja?

    Y volver a ese lugar tan paradisíaco en donde viví tan feliz hace dos años. Donde vi a mis hijos más contentos que en ningún otro lugar. Una vida de playa, en la que la mayoría del tiempo estaban descalzos, jugando en el parque, en la arena, y en la que todo se respira con un ritmo tranquilo, sin acelerador.

    Platicando con mi esposo, comentábamos cómo los momentos de berrinche o explosiones de enojo han sido mucho menos frecuentes desde que decidimos pasar el verano en este paraíso. Después de reflexionar mucho sobre las razones, llegamos a la conclusión de que aquí los niños se sienten más libres, más sueltos… y pueden fluir sin tanta prisa. Son características naturales del verano: los días son menos exigentes, hay más descanso, las mañanas son lentas y sin tanto apuro.

    Pero esa soltura también la siento yo. En esas ganas de despertarte y salir a hacer ejercicio o prepararles el desayuno y el lunch a los niños, porque siempre hay esa ayuda maravillosa que tanto valoramos las familias que vivimos en Estados Unidos. Esa ayuda que te hace la vida fácil, y que al mismo tiempo te instala en una comodidad que rara vez sentimos allá. Una comodidad que puede llevarte a quedarte en tu zona de confort más de lo que estás acostumbrada.

    Hoy siento que tenemos lo mejor de los dos mundos. Vivimos con la tecnología y seguridad de un país de primer mundo, pero estamos disfrutando un verano increíble en nuestro país. Aquí nos sentimos enraizados. Todo fluye con calma. Como dice mi hija de 8 años, “aquí la comida siempre sabe rica, hago amigos donde sea porque les gusta jugar lo mismo que a mí, y siempre hay alguien que ayuda”. Y eso lo sentimos todos: mi esposo, mis hijos… y yo.

    Es increíble cómo la sociedad mexicana te lleva a conectar de forma profunda. En poco tiempo puedes tener pláticas sinceras, compartir una clase, y sembrar una amistad que puede durar mil años. Como si el sentimiento de “nunca nos fuimos” siguiera latente. En este paraíso, Cancún, cada vez que regresamos y vemos a nuestra gente, todo encaja. Es como si el tiempo no hubiera pasado. Todo se siente como en casa.

    Desde que llegamos a vivir a Estados Unidos hemos aprendido a ser lo más eficientes posible. Y estar aquí, en cambio, te invita a cuestionarte, a bajar el ritmo… tanto que, a veces, uno cae en una zona de confort que no siempre es bienvenida. Y entonces surge la pregunta: ¿Será posible regresar a este lugar siendo esa nueva versión de mí, más eficiente, más despierta, más activa a nivel personal e intelectual… y no perderlo? ¿Será posible mantener ese crecimiento interior, aun cuando estás en un espacio donde la vida se mueve más lento?

    Ese, creo, es el verdadero reto: estar donde la vida te lleve, pero mantenerte en acción y en crecimiento desde adentro. Ser tan fuerte internamente que no importe el lugar, el ritmo o las circunstancias. Que esta nueva versión de ti ya sea parte de tu esencia, y no dependas de una sociedad rápida o exigente para mantenerte firme.

    Volver a construir una mente grande por dentro. Una mente tan sólida que, estés donde estés, la corriente no te arrastre. Que sigas creciendo, produciendo, viviendo desde tu centro… y no desde la velocidad del entorno.

  • El Desafío de Regresar Siendo Otra

    Y vivir esas convivencias familiares con las personas que más amas —con quienes has anhelado estar durante tanto tiempo—, y de pronto darte cuenta de que algún comentario, situación o espacio que visitas te remonta al pasado… o algo que vives en ese lugar donde creciste, rodeada de toda tu gente, puede sacudir tu paz interior. Esa paz que creías firme se mueve, y vuelven a surgir miedos ante cosas que parecen triviales, simplemente porque conectaste con sentimientos antiguos que ese espacio te despierta.

    Es ahí donde tienes que poner especial atención: en eso que te mueve, en ese comentario o actitud de alguien que despierta en ti sentimientos de enojo, tristeza o frustración. Y comprender que, en realidad, no tiene nada que ver contigo. No debes tomártelo de forma personal. Solo necesitas observarlo, subrayarlo sin reaccionar, para después —en tu tiempo a solas— poder trabajarlo, entender de dónde viene ese enojo que provocó ese comentario… y sanarlo desde su raíz.

    Porque no tienes por qué reaccionar ni tratar de controlar lo que dice el otro. Debes aceptar que las personas no van a cambiar, y esos comentarios probablemente siempre estarán ahí. Lo verdaderamente importante es observar por qué te están moviendo de tu centro y qué parte de ti está reaccionando. ¿Por qué eso provoca ese sentimiento dentro de ti?

    Y yo creo que regresar a esos espacios es, sin duda, lo que más te reta. Porque, en mi caso, me recuerda a quién era antes de tener cáncer de pecho. Me da nostalgia tocar esa parte de mí: lo que era, a dónde pertenecía. Y sentir que ahora soy otra persona, que ya no soy la misma de antes, me llena de emociones como tristeza, enojo, miedo. Pero entonces recurro a las herramientas que tengo para no quedarme atrapada ahí. Me permito liberar todo eso, y me enfoco en todo lo bueno que me trajo este proceso. Me conecto con el presente y con la certeza de que todo eso ya quedó atrás. No tengo por qué enfocarme en lo malo ni permitir que mi ego me invada con millones de pensamientos negativos que solo me hacen sentir sola, víctima y profundamente enojada con la situación.

    Además, cuando alguien renace, significa que algo dentro de él tuvo que morir primero para que pudiera emerger una nueva persona, un nuevo ser. Y es ahí donde regreso a repetirme internamente que hoy soy una mejor versión de mí misma. Disfruto más la vida, amo más, valoro cada instante de mi existencia de una forma completamente diferente. Y regreso siempre a esa verdad: ningún doctor, ninguna terapia holística, nadie tiene la verdad absoluta sobre lo que va a pasar conmigo. El único que sabe realmente cuándo y cómo terminará mi vida es Dios. Así que me rindo completamente ante Él, y confío en que, si lo viví, es porque era lo mejor para mí.

    Pero qué difícil es cuando regresas a ese espacio, con esa gente que te hace cuestionarlo todo. De pronto sientes su vibra de lástima, la percibes tan profundamente que es difícil no tomarla personal. Sin embargo, me separo, me observo y me repito que ellos están viviendo sus propios procesos, y que el hecho de que hoy yo me vea y me sienta distinta no tiene por qué separarme de mi gente. Al contrario: llego como una persona renovada, con el deseo de compartir mi proceso, porque tal vez a alguien le sirva escuchar cómo es vivir esto desde el agradecimiento y desde la apertura a todo lo que viene a entregarte.

    Y si con mi experiencia alguien cambia la forma de ver su propio proceso —ese camino individual que cada quien está atravesando—, con eso me doy por bien servida. Porque sabré que mi situación ya ayudó a alguien a cambiar su perspectiva sobre la vida.

  • Las tres claves para lograr tu objetivo: atención, intención y agradecimiento

    Estoy tomando el curso The Givers de Juan Lucas Martín, y en él aprendí tres pasos que, curiosamente, llevo mucho tiempo practicando sin saber que tenían un nombre o una estructura clara. Es como si este curso hubiera puesto en palabras todo eso que yo ya venía haciendo de forma intuitiva. Y eso me dio una sensación de claridad y dirección que quiero compartir contigo.

    1. La atención: ¿Dónde estás poniendo tu energía?

    El primer paso es saber con claridad dónde quieres poner tu atención. Puedes enfocarte en el problema que estás viviendo, en lo que hiciste «mal», en lo que podrías haber hecho diferente, o en los posibles escenarios negativos del futuro. O puedes elegir estar presente, poner tu atención en el ahora, y desde ese lugar comenzar a construir un futuro distinto, alineado con lo que sí deseas.

    La realidad que vives día a día está profundamente influenciada por ese 95% de pensamientos que tienes de forma repetitiva. Por eso es tan importante que te preguntes: ¿Qué tipo de pensamientos estoy alimentando? No se trata de negar la realidad o evitar los desafíos, sino de reconocer que tú puedes decidir a qué prestarle atención y, con ello, crear nuevas posibilidades. Lo demás, déjaselo al ser divino en el que creas. Confía.

    2. La intención: tu compromiso con lo que deseas

    La atención, por sí sola, no basta. Necesita estar acompañada de una intención clara. Es esa fuerza que le da sentido a lo que estás enfocando y que te recuerda que tú también tienes una parte activa en la creación de tu realidad.

    Por ejemplo, si tu meta es sanar, tu intención tiene que alinearse con acciones concretas: alimentarte bien, mover tu cuerpo, meditar, ir a terapia, descansar… No basta con desear un cuerpo saludable sin hacer nada al respecto. La intención se convierte en esa energía que impulsa tus actos, en la decisión consciente de comprometerte con tu bienestar. No es magia. Es responsabilidad, constancia y disciplina con lo que te toca.

    3. El agradecimiento: tu ancla a la plenitud

    El tercer paso es el agradecimiento. Agradecer todo lo que tienes hoy, incluso aquello que consideras «ordinario». Desde el simple hecho de despertarte en la mañana y tener un nuevo día por delante, hasta tu salud, tu pareja, tu familia, tu casa. Pero también agradecer, desde ya, eso que estás trabajando por manifestar, como si ya estuviera sucediendo.

    Cuando agradeces en presente por lo que aún está en camino, generas una emoción expansiva dentro de ti. Esa emoción crea la vibración necesaria para atraer lo que deseas, y te conecta con un estado de abundancia, no de carencia. Te hace sentir merecedor.


    Estos tres pasos —atención, intención y agradecimiento— pueden parecer simples, pero tienen un poder transformador enorme. Te ayudan a reducir la ansiedad que produce vivir en el pasado o en el futuro, y a liberarte de los miedos que tú mismo generas al imaginar escenarios catastróficos que rara vez se cumplen.

    Recuerda: no importa lo que estés viviendo hoy, lo que realmente puede marcar la diferencia es tu decisión de hacer las cosas de manera distinta. No esperes al lunes, al próximo mes o al “cuando tenga tiempo”. Decide hoy. Empieza hoy. Y verás cómo todo empieza a cambiar.

  • La Fuerza de la Fe

    Estos días comencé a entender la fe de una manera más profunda, como un depósito completo de rendición ante ese ser espiritual que yo llamo Dios. Lo entendí desde un lugar mucho más profundo que lo que había experimentado en mi vida hasta ahora. Comencé a tener muchísimas dudas sobre lo que va a pasar en mi vida, pensamientos acerca del futuro que me llenaron de ansiedad por querer controlar lo que sucederá o encontrar respuestas. Entré en ese estado de incertidumbre, y al darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, recurrí a mis herramientas espirituales para lograr estabilizarme y volver a mi paz, a mis cuatro cuerpos. Cuando lo logré, empecé a abrirme a esas señales espirituales que constantemente nos llegan, pero que, si no estamos atentos, pasan desapercibidas.

    Creo que, como seres humanos en este plano terrenal, de repente vivimos una vida demasiado acelerada, tratando de cumplir con todas las exigencias que nos impone el día a día, y nos olvidamos de lo que realmente importa. Nos llenamos de preocupaciones que a menudo son poco trascendentales, pero que nos hacen perder el foco en lo que realmente tiene valor. Estas preocupaciones nos hacen centrarnos en lo inmediato, nos llenan de dudas y miedos, y deseamos que lo que nos ilusiona llegue rápidamente, actuando muchas veces en piloto automático.

    Sin embargo, cuando realmente nos detenemos y tomamos un momento para reflexionar, comenzamos a entender que estar aquí, vivir todo lo que vivimos, incluso las cosas rutinarias, es un regalo. Y en ese momento, comenzamos a vivir más desde nuestra esencia divina, sin importar las demandas del día a día. Al hacerlo, nos conectamos con ese ser espiritual en el que creemos, y comenzamos a recibir señales claras y evidentes sobre las preguntas que tenemos en nuestra vida.

    Recientemente, me invadieron muchas dudas, pero cuando me di cuenta de lo que estaba pasando y me conecté nuevamente con mi interior, empecé a descubrir muchas señales en mi día a día que me decían, de manera sutil pero clara, que era Dios guiándome. Fue en esas señales que pude encontrar la verdadera rendición ante los planes que Él tiene para mí. Y en ese proceso, logré soltar el control absoluto de todo lo que ocurre en mi vida, dejando que su voluntad se cumpla, porque sé con certeza que será lo mejor para mí y para quienes me rodean.

    Este es el momento en el que toda esa fe cobra verdadero sentido. Porque cuando realmente confías en la vida, cuando realmente dejas fluir las cosas, todo comienza a sentirse menos forzado. Y entonces, lo que tiene que pasar, pasa. Y todo se coloca en su lugar sin tanto esfuerzo. En esos momentos, nos damos cuenta de que la verdadera paz se encuentra cuando dejamos ir el control y confiamos plenamente en el proceso.

    Así que, tengamos más fe y controlemos menos. La vida tiene su propio ritmo, y cuando aprendemos a seguirlo, todo fluye con mucha más suavidad.

  • Calma en Medio del Caos

    Experimentar que todos los procesos de tu vida llegan para hacerte evolucionar y crecer es una de las lecciones más profundas que puedes aprender. Y es que, por más que tengas un ejército de seres queridos apoyándote, hay momentos en los que nadie puede vivir lo que estás experimentando contigo. Entender esta individualidad humana es clave, porque nos lleva a enfrentar nuestras experiencias en solitario, aunque a menudo, lo hagamos en medio del caos, tratando de controlar todo para sentir algo de seguridad en aquello que nos produce un gran miedo.

    Pero está en tus manos decidir cómo vivir la situación. Puedes elegir enfrentarte a ella de manera agitada, pasándola realmente mal, sufriendo el momento y actuando de manera similar a un insecto como el mayate, que busca la luz sin un plan definido. Así, sin una estrategia clara, se golpea contra la pared una y otra vez, sin lograr avanzar, lastimándose en el proceso. Luego, se levanta, busca nuevamente la luz, pero vuelve a caer en el mismo patrón, sin saber cómo llegar realmente a ella, hasta que finalmente se agota.

    Sin embargo, existe otra opción: puedes abrirte a la situación que está llegando a tu vida y decidir vivirla de manera diferente. Puedes darte la calma que necesitas para atravesarla en paz, identificando tus pensamientos y comprendiendo de dónde provienen. Al validar cada uno de esos pensamientos, podrás transmutarlos en amor, logrando así esa calma que solo tú puedes otorgarte.

    Cuando lo logras, te conviertes en algo parecido a una abeja, que sabe exactamente cuál es su objetivo: llegar a la flor para encontrar el polen. La abeja, con su estrategia clara, vuela hacia ella, recoge lo que necesita y luego se dirige a otra flor, completando su ciclo en el ecosistema de manera perfecta. De la misma forma, tú como ser humano crearás ese ciclo en tu vida. Por momentos, llegará el caos, y quizás no verás flores a tu alrededor, pero al abrirte a la situación con calma, aparecerá el objetivo que necesitas alcanzar.

    Vivirás todos los procesos desde la comprensión de que son ciclos. Habrá momentos difíciles que te sacarán de tu paz interior y te llenarán de angustia. Pero lo importante es que, en esos momentos, serás capaz de darte la calma necesaria para afrontarlos, y cuando lo logres, aprenderás y el ciclo se completará. Algo diferente llegará, porque habrás aprendido a controlar la situación, a encontrar la paz en medio de la tormenta, confiando en que todo pasa por una razón.

    Es en ese preciso momento, cuando decides darte a ti mismo la calma y confiar en el proceso, que todo empieza a fluir, y pronto estarás en un lugar y en un momento mucho más placentero para ti.

  • Encontrar Paz en Medio de la Tormenta

    ¿Y si te dijera que lo único que necesitas es rendirte con conciencia, aceptando que todo lo que está ocurriendo en este preciso instante en tu vida es exactamente lo que tiene que pasar, y que nada podría haber sido diferente? Solo esa aceptación podría traerte una paz inmensa.

    Muchas veces, cuando enfrentamos un momento difícil, la mente comienza a cuestionarse: ¿Por qué a mí? ¿Qué pude haber hecho diferente? ¿Cómo puedo evitar que esto siga pasando? Pero la realidad es que ese momento ya llegó, está aquí. Por más que desees huir o deshacerlo, no puedes. Hay circunstancias en la vida que simplemente no permiten evasión; están frente a ti porque necesitas enfrentarlas, aunque cada parte de tu ser quiera buscar culpables o escapar a un lugar donde no tengas que sentir.

    Es entonces cuando la ansiedad y la incertidumbre pueden invadirte. Te preocupas por lo que vendrá, por lo que está sucediendo en este preciso instante, porque sientes que te estás saliendo de tu zona de confort. La vida que conocías parece esfumarse por un momento. Y ahí, justo en ese punto, tienes que tomar una decisión.

    No puedes escapar, no puedes cambiar lo que ha sucedido, pero sí puedes decidir cómo vas a vivir lo que la vida te ha puesto enfrente. Estoy segura de que, aunque no lo parezca, la vida te ha estado preparando durante mucho tiempo. Tienes herramientas a tu alrededor, herramientas que quizás aún no has reconocido del todo, pero que están ahí, listas para acompañarte en este proceso.

    Vivir de la mejor manera no significa que no dolerá, que no sentirás miedo o desesperación. Significa que puedes elegir atravesar ese dolor desde un lugar distinto: desde la paz interior. Esa paz no llega negando lo que sientes, sino permitiéndote sentirlo sin juzgarte, confiando en que cada experiencia trae consigo una enseñanza.

    Para encontrar esa paz, primero necesitas liberarte de la culpa que a veces te impones por tus miedos, o del pavor que surge al pensar en el futuro. Solo cuando logres frenar esos pensamientos y anclarte en el aquí y el ahora, podrás conectar verdaderamente con lo que está ocurriendo. Y en ese estado de presencia y aceptación, descubrirás que incluso las experiencias más desafiantes llegan para enseñarte y traerte regalos inesperados.

    Confía. Lo que sea que hoy haya llegado a tu vida tiene un propósito. Ríndete a ese propósito con conciencia, y verás cómo la paz comienza a florecer en medio de la tormenta.

  • Confía en el Camino

    Vengo llegando de uno de los viajes más increíbles que he tenido en mi vida porque me fui con mi familia a perderme en la naturaleza, a un parque nacional, donde encontré esa caricia que necesitaba mi alma. Esa conexión con la vida natural que, cuando la tocas, te sostiene y te recuerda que, pase lo que pase, todo va a estar bien. Hay una grandeza inmensa en la naturaleza, y cuando te permites contemplarla, comprendes que el plan divino de cada uno de nosotros va mucho más allá de lo que podemos ver a simple vista o de las preocupaciones del día a día.

    La vida es como si estuviéramos en un desierto. Por momentos, el camino se vuelve seco y rudo, y la sensación de no poder esperar nada mejor que lo que tenemos frente a nosotros nos invade. En ese instante, nos enojamos por sentirnos incómodos, asustados y sin las certezas que nos dan seguridad. Es como estar sin comida ni agua en medio del desierto. Pero entonces, seguimos caminando. Con cada paso, el aire llena nuestros pulmones, oxigenamos nuestro cuerpo y, poco a poco, aparecen pensamientos más esperanzadores. Comenzamos a creer que tal vez, solo tal vez, algo mejor nos espera más adelante.

    Y de pronto, a lo lejos, aparecen montañas. Al verlas, nace en nosotros la fe y el deseo de alcanzarlas, convencidos de que serán mejores que el desierto por el que estamos atravesando. La esperanza crece con cada paso. Sin embargo, el ascenso es desafiante. Después de días bajo condiciones extremas y sin un solo rastro de sombra, sentimos que ya no podemos más. Pero seguimos. Y, conforme subimos la montaña, el aire fresco acaricia nuestro rostro, la vegetación se vuelve más verde y la vida comienza a brotar a nuestro alrededor. Ya no estamos en ese paisaje gris y árido; todo se está transformando con colores cálidos y vibrantes.

    Y entonces, al llegar a la cima, lo vemos: agua, frutos, animales. Vida. Comprendemos que ese desierto que parecía interminable fue solo una parte del viaje, una prueba que nos enseñó a confiar. Porque incluso cuando no podíamos ver lo que nos esperaba al otro lado, algo maravilloso nos aguardaba. Ahora, la felicidad de haber cruzado ese desierto y subido la montaña nos llena por completo. Desde lo más alto, la vista es impresionante, y lo que alguna vez fue sufrimiento hoy se siente como crecimiento. Sabemos que cada paso valió la pena.

    Así es la vida. A veces nos sentimos atrapados en el desierto, sin saber por dónde salir. Pero tarde o temprano, todo empieza a clarificarse, a cobrar sentido. Y cuando eso sucede, una felicidad inmensa nos invade, porque entendemos que cada desafío nos fortaleció y nos hizo aprender.

    Así que, si en este momento te sientes como si estuvieras en medio de un desierto o escalando una montaña, ten fe. Recuerda que, del otro lado, seguramente te espera ese río que traerá frescura y vida. Solo confía.