Historias breves que acompañan procesos reales.

Estos relatos nacen de experiencias humanas profundas.
De momentos que muchas veces no se dicen en voz alta, pero que viven en el cuerpo, en la memoria y en el corazón.
No son historias para analizar ni interpretar.
Son palabras que acompañan, espejos suaves donde quizá puedas reconocerte.
Puedes leerlos en el orden que quieras, detenerte en el que más resuene contigo o simplemente pasar por aquí sin prisa.
*Lee a tu ritmo.
Quédate con lo que te acompañe.
Suelta lo demás.*
Aquí no hay finales cerrados ni moralejas.
Solo fragmentos de verdad compartida.
La casa que ya no era la misma
Regresó a la casa de siempre esperando sentirse igual.
Las paredes seguían ahí, los objetos también, pero algo en ella había cambiado.
Entendió que no era la casa la que se sentía distinta,
era ella, que ya no cabía en la versión que dejó atrás.
El cansancio que no se nota
No era un cansancio físico.
Era uno más profundo, más silencioso.
Era el cansancio de sostener, de adaptarse, de no quejarse.
El día que se permitió reconocerlo, dejó de pelear con él
y comenzó a escucharse con más cuidado.
Aprender a no tener respuestas
Durante mucho tiempo creyó que sanar era entenderlo todo.
Buscar explicaciones, cerrar ciclos, ponerle nombre a cada emoción.
Hasta que descubrió que no todo necesita respuesta.
Algunas cosas solo piden ser sentidas,
sin apurarlas, sin corregirlas.
Cuando el cuerpo habla primero
Antes de que la mente lo entendiera, el cuerpo ya lo sabía.
La tensión en los hombros, el nudo en el pecho, el cansancio acumulado.
No era debilidad.
Era el cuerpo pidiendo pausa, pidiendo cuidado,
pidiendo un ritmo distinto.
Extrañar sin culpa
Extrañaba sin saber cómo explicarlo.
No era nostalgia constante, era una presencia suave que aparecía sin aviso.
Aprendió que extrañar no significa querer volver,
significa reconocer que algo fue importante
y que sigue viviendo en ella.
No todo se sana rápido
Le dijeron que el tiempo lo cura todo.
Pero el tiempo, por sí solo, no hace milagros.
Sanar fue más bien aprender a caminar con lo que duele,
sin prisa, sin exigencias,
hasta que un día el dolor dejó de ocupar todo el espacio.
El día que dejó de compararse
Miró su proceso junto al de otras mujeres
y por un momento pensó que iba tarde.
Luego entendió que cada camino tiene su propio ritmo.
Que no hay procesos adelantados ni atrasados,
solo procesos vividos.
Estar bien no siempre se nota
Había días en los que no se sentía feliz,
pero tampoco rota.
Eran días tranquilos, silenciosos, sin drama.
Aprendió que estar bien no siempre es sentirse plena,
a veces es simplemente estar en paz.
Gracias por leer.