Autor: Anonimo

  • La fe se fortalece en la tormenta

    Como saben, este año me he puesto como objetivo estudiar más la vida de Jesús y cómo nos fue dejando enseñanzas que, hoy en día, son la base para sobrellevar cualquier prueba difícil que nos toque vivir.

    Hay dos momentos de su vida que se me han quedado grabados y que ahora tomo como referencia cada vez que los pensamientos de duda, especialmente sobre mi enfermedad, llegan a mi mente.

    El primero es cuando Jesús estuvo 40 días en el desierto y fue tentado. Allí demuestra que la fe y la obediencia a Dios se fortalecen bajo la prueba. La fe no se mide en la comodidad, sino en cómo actuamos frente a la dificultad y la tentación.

    Ese desierto que tú estás experimentando —por ejemplo, no poder embarazarte— es el momento en el que tu fe se está poniendo a prueba. Debes rendirte completamente a ese ser superior, con la confianza plena de que todo será para tu bien, sin importar el resultado. Ahí es donde realmente se mide la fe, no en la estabilidad de una vida sin problemas aparentes.

    El segundo momento que me impacta es cuando Jesús está con sus discípulos en medio de una tormenta. Ellos creen que van a morir, y Él les dice que son hombres de poca fe. Luego le pide a Pedro que salga del barco y camine sobre el agua; Pedro duda, cae, y Jesús le explica que eso sucede por la falta de fe. Incluso quienes estaban cerca del gran maestro del amor dudaban.

    Esa tormenta puede ser cualquier dificultad que llegó a tu vida: una enfermedad, un desafío familiar, un problema emocional. La fe no se mide en los momentos tranquilos, sino en medio de la tormenta, cuando aún puedes mantener la certeza de que todo estará bien porque estás conectado con Dios, con la luz o con ese ser espiritual en el que crees.

    Solo así podrás sobrellevar el proceso con amor, abrirte al aprendizaje que conlleva y evitar que el miedo corroe tu cuerpo y tus pensamientos. La fe se construye en los desafíos, las dificultades y las tentaciones. Como Él dijo a sus discípulos: la fe real se reconoce en cómo permanecemos firmes cuando todo parece estar en contra.

  • Amor propio: la clave para sanar y amar a los demás

    Últimamente me he sumergido a estudiar la vida de Jesús con mayor profundidad: sus vivencias, su forma de enseñar y cómo, a lo largo de su vida, fue entregando millones de mensajes que, si los retomamos hoy, forman la base de cualquier religión o movimiento espiritual holístico.

    La mayoría de sus lecciones de vida se resumen en algo sorprendentemente simple y profundo: ámate primero a ti mismo para poder amar a los demás. Este principio tiene un sustento profundo: implica aceptarnos tal como somos, cuidar y amar nuestro cuerpo, ser fieles a nuestros pensamientos y coherentes en nuestras acciones. Cuando logramos esto, nos damos un amor tan elevado que genera beneficios a niveles físicos y emocionales, y nos prepara para amar a nuestros hermanos, amigos, pareja, padres, jefes y todas las personas que nos rodean.

    Si partimos de este principio básico, nos damos cuenta de que muchos de nosotros no experimentamos este amor propio. Por eso, nos criticamos, sacrificamos lo que realmente queremos o nos paralizamos por el miedo. Y si no nos amamos a nosotros mismos, difícilmente podremos amar y respetar a los demás.

    En varios momentos de su vida, Jesús muestra que el amor propio es el sustento absoluto de todo. En el templo, cuando alguien le pregunta sobre el mandamiento más importante, Jesús pone el amor propio como punto de referencia: si sabes valorarte y cuidarte, sabrás cómo amar y respetar a los demás. Nos enseña que el amor no es solo un sentimiento, sino una acción concreta hacia uno mismo y hacia quienes nos rodean.

    Si aplicamos esta enseñanza a nuestras vidas, incluso en procesos difíciles como un divorcio, podemos abrir nuestra mente y reconocer nuestra parte vulnerable, aquello que permitió que la situación se generara. Al identificar nuestra responsabilidad, podemos asumirla, sanarla y actuar de manera diferente en el futuro. De esta manera, nos amamos más a nosotros mismos, cultivando la compasión hacia nuestra propia experiencia, y podemos llevar ese amor a nuevas relaciones con integridad y claridad.

    Por el contrario, si nos quedamos victimizados, lamentándonos por lo que nos hicieron sin hacer una introspección honesta, estamos inconscientemente preparando que las mismas heridas se repitan en futuras relaciones.

    Jesús nos muestra que los procesos dolorosos pueden convertirse en oportunidades para el crecimiento y la transformación, siempre que los enfoquemos desde el amor propio. Cuando partimos de allí, desaparecen el rencor, la culpa, el miedo, y podemos aprender a amar de manera plena y consciente, primero a nosotros mismos y luego a los demás.


  • La fuerza que nace de tu fragilidad

    ¿Y si te dijera que quizá tu sanación física aún no ha llegado porque, en medio de la debilidad que estás viviendo, estás desarrollando una fuerza infinita… y que millones de personas están aprendiendo a través de ella?

    ¿Y si también te dijera que eso que experimentas hoy —ese dolor, esa incomodidad, esa enfermedad que no te permite vivir con total libertad— es justamente lo que está despertando en ti una resiliencia que ni siquiera sabías que existía? Que te estás convirtiendo en una mejor persona, y que estás enseñándoles a tus hijos a vivir su vida y sus propios retos de la misma manera en que tú enfrentas los tuyos.

    ¿Y si te dijera que, al poner tu fe en algo más grande que nosotros —eso que yo llamo Dios— encuentras una paz interior que te recuerda que tu sanación llegará cuando tenga que llegar, en el momento perfecto para ti? Aunque a veces, entre la incomodidad y el miedo, no puedas verlo claramente.

    Cuando buscas esos momentos de silencio mental, cuando te regalas ese espacio para estar contigo, reencontrarte y respirar en calma, vuelves a confiar. Ahí estás depositando tu alma en la fe plena de que todo sucede como debe suceder. No puedes adelantar lo que te toca vivir, ni pudiste haber hecho algo distinto para evitar el momento que hoy atraviesas.

    Acuérdate de esto: alrededor de un problema de salud, hay millones de personas observándote, aprendiendo y sanando a través de ti. Observan cómo eliges vivir esta situación, cómo decides transitarla con paz y armonía, cómo te sostienes de Dios, cómo frenas el miedo y la incertidumbre, y cómo eliges confiar.

    Porque en medio de esa tormenta —que es una enfermedad y que puede hacerte sentir vulnerable y fuera de control en un solo segundo— también puedes encontrar vida, fe y propósito.

  • La alegría nace en ti, no en lo que sucede afuera

    Siempre he dicho que una de las cosas que más me gusta de la Navidad y de estas épocas del año es que las personas se permiten espacios de conexión profunda con sus seres queridos. Son momentos donde surgen oportunidades para la reflexión, la gratitud, el cierre de ciclos y la preparación del corazón para un nuevo comienzo.

    Por todos lados hay reuniones familiares, encuentros con amigos, y un sentimiento nostálgico que nos permite reconectar con vivencias pasadas y con seres queridos que ya no están. La Navidad toca fibras sensibles: nos invita a mirar el año que termina, a recordar momentos difíciles y dolorosos, a agradecer sus aprendizajes y a celebrar que ciertos capítulos finalmente llegan a su fin.

    A ti que me has acompañado leyendo todo este año, quiero compartir algunas recomendaciones para que vivas estas fechas más conectado que nunca con tu parte espiritual y puedas obtener el mayor crecimiento interno posible.

    Es importante cerrar, sanar y dejar ir sentimientos, experiencias y relaciones que quedaron atrás en este año. Para esto, te propongo cinco prácticas poderosas:

    1. Cierra el año desde el amor Escribe y despídete de lo que ya no te sirve. Haz espacio para la luz que viene y plasma en papel lo que deseas lograr. Este acto sencillo pero consciente abre la puerta a nuevas oportunidades y energías positivas.

    2. Agradece las lecciones profundas Reflexiona sobre los aprendizajes y bendiciones del año, incluso en los momentos difíciles. Todo lo que vivimos fortalece el alma. A mí siempre me ayuda escribirlo, pero si prefieres visualizarlo o hacer un mindfulness de estas experiencias, también es perfecto. Lo importante es reconocer y agradecer cada enseñanza.

    3. Prepara tu corazón para recibir el 2026 Deja entrar al nuevo año con intención, esperanza y amor. Suelta el miedo, la victimización y lo que no te sirve en todos los ámbitos de tu vida: personal, físico, familiar, social, profesional, económico, espiritual, intelectual y recreativo. Enfócate en lo que construye y deja ir lo que destruye.

    4. Ritualiza la transformación Haz alguna práctica espiritual sencilla durante estos días: medita, escribe tus intenciones, conéctate con la naturaleza o enciende una vela con gratitud. Recuerda que el sentimiento más elevado que existe es el amor, y el agradecimiento es su expresión más pura. Cómo cierres este año definirá cómo entrarás en el siguiente.

    5. Conéctate con tu luz interior en medio del movimiento Incluso en medio del ajetreo de las fiestas, mantén la calma y la alegría auténtica. Observa qué situaciones te sacan de tu centro y anótalas para trabajarlas durante el año. No permitas que nada ni nadie defina cómo quieres vivir esta época. La alegría nace en ti, no en lo que sucede afuera.

    Si algo de lo que estás viviendo estos días te quita la alegría que deseas, subráyalo en tu lista de pendientes espirituales y dale vuelta a la página. Centra tu energía en lo que sí te nutre y construye los momentos inolvidables que has estado imaginando.

    Recuerda: todo empieza con una decisión tuya sobre cómo quieres vivir lo que estás viviendo.

    ¡Feliz Navidad y próspero 2026! ✨

  • En medio del caos, hay mucha vida

    Constantemente veo en las páginas que sigo en Instagram frases que me gustan y que me inspiran en mi día a día. El otro día, en la página de una corredora de maratones que sigo, vi que está atravesando un momento muy duro de salud: sus cuerdas vocales están dañadas y, tras muchas operaciones, no ha podido recuperar su voz, sin certeza de qué va a pasar. No sabe cuándo podrá volver a hablar ni a correr esos maratones en los que parecía invencible y la persona más saludable.

    Esto me llevó a reflexionar: muchas veces, como adultos, estamos esperando que suceda algo —un cambio de puesto, un viaje, curarnos de alguna enfermedad, divorciarnos, encontrar pareja, comprar una casa— cualquiera de esas metas personales que creemos que necesitamos para ser felices. Pero no nos damos cuenta de que, en esa espera, estamos dejando de vivir un montón de vida, porque nuestra atención está puesta en lograr primero ese objetivo.

    Y la verdad es que nadie tiene certeza de que realmente lo vamos a lograr, ni de que mañana estaremos aquí viviendo nuestra vida. Lo único seguro es que estamos en este momento, atravesando esta situación actual, con deseos de que llegue algo. Y muchas veces nos olvidamos de vivir el ahora y disfrutar las pequeñas cosas que nuestra realidad nos ofrece en este instante. Así se nos pueden escapar mil momentos de gozo con nuestra familia, amigos o hijos, mientras estamos ansiosos por lo que no tenemos.

    Creo que hay mucha vida en medio del caos que estamos atravesando, y depende de nuestra perspectiva si queremos vivirla o sufrir esperando que eso que deseamos llegue. Está en nosotros decidir soltar el control, confiar en que las cosas sucederán como deben y enfocarnos en el aquí y el ahora, que es lo único que realmente tenemos.

    Hoy te quiero decir que, si estás viviendo estas épocas de festividades esperando que pase algo, mejor cambia tu enfoque: vive lo que estás experimentando en este mismo instante y agradece por lo que tienes en la vida real, aunque a veces parezca poca cosa.

  • Suelta el control y deja que la vida fluya

    Últimamente, una amiga ha estado viviendo con mucha ansiedad mientras busca un nuevo trabajo. Perdió su empleo debido a la inteligencia artificial, y el miedo a quedarse sin ingresos se ha vuelto una sombra constante en su día a día. Cada entrevista, cada correo que tarda en llegar, cada proceso de selección que parece eterno, la hace sentir atrapada en un torbellino de incertidumbre. Lo que realmente genera su ansiedad no es tanto el resultado final —si conseguirá o no el trabajo— sino la sensación de no tener control, de no saber qué escenario del futuro se hará realidad. Su mente recorre millones de posibilidades, imaginando lo peor y cuestionándose constantemente qué podría haber hecho diferente para cambiar su destino.

    Mientras tanto, un amigo que pasó por una situación similar mantiene una calma sorprendente. Él confía plenamente en que el trabajo adecuado llegará en el momento justo. Incluso en medio de la incertidumbre, vive el presente, disfruta el camino y se permite soltar el control. Viaja con su esposa, disfruta experiencias nuevas y se entrega al proceso con fe y amor propio. Su serenidad no solo lo hace sentir en paz, sino que también permite que la energía que atrae fluya: oportunidades, conexiones y resultados llegan a él de manera natural.

    La diferencia entre estas dos experiencias es clara: mientras uno se aferra al miedo y a la incertidumbre, el otro suelta y confía. La ansiedad disminuye cuando comprendemos que no podemos controlar cada detalle y que cada experiencia, incluso la más difícil, tiene un propósito en nuestro aprendizaje y crecimiento personal. No se trata de dejar de esforzarse; se trata de dar lo mejor en cada entrevista, en cada paso del proceso, y al mismo tiempo permitir que la vida siga su curso.

    Encontrar este equilibrio no es sencillo. Requiere introspección, valentía y práctica diaria. Algunos encuentran calma en la meditación, otros escribiendo, pintando o caminando en la naturaleza. Cada pequeño acto que conecta con nuestro interior nos ayuda a soltar la tensión acumulada, a liberar la ansiedad y a reencontrarnos con nuestra paz.

    Cuando aprendemos a vivir desde este lugar de confianza, cada paso del proceso se vuelve más ligero. Podemos expresar nuestras necesidades con claridad, comunicar lo que deseamos sin enojo ni frustración y construir relaciones —con nuestra pareja, con nuestra familia, con nosotros mismos— desde la serenidad. La vida, incluso en medio de la tormenta de la incertidumbre, se siente más rica, más plena y llena de posibilidades. Y lo más sorprendente es que, al soltar, al confiar y al vivir el presente, lo que tanto deseamos —como ese trabajo ideal— llega a nosotros de manera más fluida y natural.

  • Romper el círculo de la impaciencia

    Si te dijera que el fin de las peleas constantes con tu pareja podría estar en una sola decisión —la de cambiar la forma en que reaccionas y pides las cosas—, ¿me creerías? La mayoría de las veces no son los grandes problemas los que nos separan, sino las pequeñas fricciones del día a día. Las presiones del trabajo, los temas de salud, los retos con los hijos o simplemente la carga de mantener una casa pueden hacer que perdamos la paciencia. Somos seres distintos, con formas únicas de sentir y reaccionar, y eso a veces nos lleva a chocar.

    Hay quienes son más emocionales y otras personas que, sin darse cuenta, esconden lo que sienten. Muchas veces ni siquiera sabemos qué fue exactamente lo que detonó nuestro enojo; solo sentimos una molestia interna que cargamos todo el día. Esa energía se acumula y, sin darnos cuenta, terminamos reaccionando con irritación ante nuestra pareja. Él percibe la agresividad y responde exaltado, y así nace un círculo vicioso que nos aleja poco a poco.

    Si entendemos que el 95% de lo que pensamos y sentimos viene del inconsciente, podemos aceptar que todos necesitamos espacios para conectar con nuestro interior. Cada persona encuentra su forma: algunos a través del ejercicio, otros escribiendo, pintando, meditando o simplemente caminando en la naturaleza. Son momentos en los que soltamos, respiramos y dejamos que la mente se aquiete.

    Cuando nos regalamos esos espacios, regresamos más claros. Podemos expresar qué fue lo que realmente nos molestó y pedir lo que necesitamos sin atacar. En ese momento, la conversación cambia. Ya no se trata de culpar, sino de construir. Nuestra pareja podrá decidir si puede o no responder a lo que pedimos, pero al menos habremos comunicado con claridad.

    La clave está en hacer introspección. En observarnos antes de reaccionar. Solo así podremos volver a comunicarnos desde la calma, sin explotar, y construir acuerdos que fortalezcan la relación y nos devuelvan a ese espacio de amor que, en el fondo, ambos buscamos.

  • Dos tipos de personas: ¿a cuál perteneces?

    El otro día, caminando con mi esposo —en uno de esos paseos donde casi siempre empezamos hablando de cosas triviales de la vida diaria y terminamos reflexionando sobre temas profundos conforme el camino avanza—, surgió una conversación muy interesante.

    Empezamos a hablar de cómo todos los seres humanos tenemos una motivación detrás de lo que hacemos en cada momento. Y llegamos a la conclusión de que hay dos tipos de personas: las de mente grande y las de alma grande.

    A las personas con mente grande —esas que ya les he mencionado antes— las caracteriza una disciplina impecable. Son quienes hacen lo que saben que deben hacer sin cuestionarse demasiado. Todo lo que emprenden lo hacen movidos por la motivación de ganar. Por ejemplo, hacen ejercicio porque quieren verse y sentirse más fuertes; salen con sus amigos porque saben que las relaciones sólidas les aportan bienestar; comen saludable porque quieren mantenerse en buena forma; trabajan duro para alcanzar el puesto de director, y comprarse la casa grande o viajar por el mundo. En pocas palabras, su motivación está en lo que pueden obtener de manera tangible o visible a través de sus acciones.

    En cambio, las personas con alma grande son distintas. Son aquellas que nacen con un don natural para conectar con los demás, que brillan simplemente con su presencia. Lo que las motiva no es el resultado material, sino la conexión emocional o el aprendizaje interior que les deja cada experiencia. Hacen ejercicio porque se sienten bien después, comen sano porque disfrutan sentirse en equilibrio, salen con sus amigos para compartir risas y buenos momentos, y en su trabajo los mueve el impacto positivo que pueden generar en quienes los rodean o en el mundo.

    En realidad, ambos tipos de personas están motivadas por un “premio”, solo que la naturaleza de ese premio es distinta: unos buscan lo material o tangible; los otros, lo emocional o espiritual.

    El punto está en identificar qué tipo de persona eres —si tienes mente grande o alma grande— para ser consciente de qué área puedes trabajar más y así avanzar hacia tu mejor versión. Porque al final, todos tenemos la capacidad de desarrollar ambas partes; solo que nacemos con una más predominante que la otra.

    Y curiosamente, solemos admirar aquello que no tenemos. De esas personas que representan lo que nos falta podemos aprender muchísimo si lo hacemos desde la conciencia y la humildad.

    En mi caso, nací con un don para conectar con las personas. Me resulta fácil relacionarme y percibir lo que sienten los demás. Sin embargo, la parte de la disciplina mental —mantenerme objetiva, no caer en el drama y sostener el enfoque— es algo que me cuesta más. Por eso, cuando veo a alguien con esas cualidades, lo admiro profundamente. Porque mientras para ellos es natural, yo trabajo cada día para fortalecerlo en mí.

    Y lo curioso es que muchas de esas personas con mente grande se acercan a mí para preguntarme cómo hago para conectar tan fácilmente, para pertenecer a tantos grupos o para sentir y comprender las emociones de los demás. Y ahí entiendo que eso es lo que me da mi alma grande.

    Pero también sé que mi crecimiento personal está en seguir desarrollando mi mente grande, en integrar ambas partes.

    ¿Y tú? ¿Qué tipo de persona te consideras: mente grande o alma grande?

  • Descubriendo la grandeza dentro de ti

    Desde que empecé a ver a las personas como seres humanos que sobresalen por su mente grande o por su alma grande, me he dedicado a observar con atención las características que distinguen a cada uno de estos dos grupos. Con el tiempo, esta clasificación se ha vuelto cada vez más clara para mí: todos, de una u otra manera, cabemos en alguna de estas dos definiciones.

    Y lo más fascinante es que, en ambos casos, encuentro cosas profundamente admirables. Las personas con mente grande destacan por unos rasgos, mientras que las de alma grande lo hacen por otros. Al identificarnos en alguno de los dos grupos, podemos validarnos en aquello que nos hace sobresalir y, al mismo tiempo, reconocer en los demás las cualidades que quizá no tenemos, pero que podemos aprender de ellos. Lo ideal sería que cada uno de nosotros logre identificar dónde se encuentra y, desde ahí, trabajar en lo que le falta para integrar ambas dimensiones y convertirse en la mejor versión de sí mismo.

    Partamos de una idea: las personas con mente grande se caracterizan principalmente por su disciplina. Son aquellas que no ponen pretextos y cumplen sin importar la hora o el día. Se comprometen con su ejercicio, con su alimentación, con su vida social y familiar. No dependen de la aprobación ni del sentido de pertenencia a un grupo para actuar: simplemente hacen lo que saben que quieren o necesitan hacer. Suelen parecer un poco egoístas, pero de una manera positiva, porque ponen en primer lugar sus objetivos y son fieles a ellos. Son las personas que ves corriendo un domingo en la mañana, que deciden no ir a una fiesta porque no tienen ganas, o que incluso ponen límites claros a su familia porque necesitan su propio espacio. En resumen, son personas que le hacen caso a su mente y a lo que ellas quieren, sin dejarse distraer por lo demás.

    En contraste, las personas con alma grande brillan por su empatía. Son quienes tienen un sentido de conexión muy especial con los demás, los que saben leer y acompañar los sentimientos ajenos y propios. Tienen un don de gente natural: buscan hacer el bien, se enfocan en cómo se sienten y en cómo se sienten quienes los rodean antes de actuar, y esa sensibilidad los hace destacar. Siempre parecen rodeados de personas, porque suelen ser el centro de su entorno social. Inspiran confianza, brillan por su sola presencia y, muchas veces, son líderes porque saben conectar con la gente de un modo único.

    Al final, la humanidad se compone de estas dos grandes formas de ser. Y no significa que si eres una no puedas ser la otra; simplemente siempre habrá un aspecto que te defina un poco más. Curiosamente, lo que más admiramos en los demás suele ser lo que no tenemos nosotros, y ahí está la oportunidad de crecer. Por eso, te invito a hacer una introspección honesta: ¿te reconoces más en una mente grande o en un alma grande? Desde esa respuesta podrás descubrir qué parte necesitas desarrollar para equilibrarte y acercarte cada vez más a tu mejor versión.

  • Creencias heredadas: lo que puede unir o destruir un matrimonio

    El otro día estaba platicando con mi esposo —llevamos más de 22 años juntos— y surgió una de esas conversaciones profundas que de pronto aparecen sin buscarlas. Empezamos a hablar de las creencias con las que cada uno llegó al matrimonio y cómo, con el tiempo, tuvimos que transformarlas o incluso dejarlas atrás para que nuestra relación pudiera funcionar.

    Me puse a pensar en cómo se forman esas creencias. De los cero a los siete años, el cerebro de un niño está en un estado llamado theta. Eso significa que todo lo que escucha de sus padres, maestros o de las personas a su alrededor se convierte en una verdad absoluta que se graba para siempre en su mente. Es como si esas ideas fueran semillas que se quedan allí, y muchas veces siguen influyendo en la vida adulta sin que uno se dé cuenta.

    Mi esposo y yo venimos de familias muy diferentes. En la mía, crecí con reglas claras, límites firmes y una educación muy estricta. En cambio, en la suya, casi no había límites; la crianza se basaba más en la confianza y, a veces, en el chantaje emocional. Cuando empezamos nuestra vida juntos, chocamos mucho. Traíamos “verdades” distintas, y cada uno defendía lo que conocía. Pero poco a poco entendimos que no se trataba de ver quién tenía la razón, sino de aprender a abrirnos y crear nuevas creencias juntos.

    Con el tiempo también descubrimos algo importante: el 95% de lo que pensamos y hacemos como adultos está en el inconsciente. Es decir, la mayoría de las veces reaccionamos desde esas creencias que se formaron en la infancia sin darnos cuenta. Y si no hacemos un trabajo de mirar hacia adentro, de preguntarnos “¿por qué creo que esto está bien o mal?”, entonces seguimos actuando en automático, arrastrando programas que pueden limitarnos.

    Hoy puedo decir que nuestro matrimonio ha sido un espacio de aprendizaje constante. Hemos tenido que ceder, escuchar y, sobre todo, soltar creencias que nos parecían inamovibles. Y me doy cuenta de que cuando alguien no está dispuesto a cuestionar lo que aprendió solo porque “así fue en mi familia y punto”, esa rigidez puede llegar a romper hasta la relación más fuerte.

    Por eso, creo que mirar nuestras creencias es fundamental. No para juzgarlas, sino para reconocer cuáles ya no nos sirven y cuáles podemos transformar. Porque al final, cuando cambias la forma de pensar, cambias también lo que sientes… y poco a poco, cambias la manera en la que vives.