
Últimamente me he sumergido a estudiar la vida de Jesús con mayor profundidad: sus vivencias, su forma de enseñar y cómo, a lo largo de su vida, fue entregando millones de mensajes que, si los retomamos hoy, forman la base de cualquier religión o movimiento espiritual holístico.
La mayoría de sus lecciones de vida se resumen en algo sorprendentemente simple y profundo: ámate primero a ti mismo para poder amar a los demás. Este principio tiene un sustento profundo: implica aceptarnos tal como somos, cuidar y amar nuestro cuerpo, ser fieles a nuestros pensamientos y coherentes en nuestras acciones. Cuando logramos esto, nos damos un amor tan elevado que genera beneficios a niveles físicos y emocionales, y nos prepara para amar a nuestros hermanos, amigos, pareja, padres, jefes y todas las personas que nos rodean.
Si partimos de este principio básico, nos damos cuenta de que muchos de nosotros no experimentamos este amor propio. Por eso, nos criticamos, sacrificamos lo que realmente queremos o nos paralizamos por el miedo. Y si no nos amamos a nosotros mismos, difícilmente podremos amar y respetar a los demás.
En varios momentos de su vida, Jesús muestra que el amor propio es el sustento absoluto de todo. En el templo, cuando alguien le pregunta sobre el mandamiento más importante, Jesús pone el amor propio como punto de referencia: si sabes valorarte y cuidarte, sabrás cómo amar y respetar a los demás. Nos enseña que el amor no es solo un sentimiento, sino una acción concreta hacia uno mismo y hacia quienes nos rodean.
Si aplicamos esta enseñanza a nuestras vidas, incluso en procesos difíciles como un divorcio, podemos abrir nuestra mente y reconocer nuestra parte vulnerable, aquello que permitió que la situación se generara. Al identificar nuestra responsabilidad, podemos asumirla, sanarla y actuar de manera diferente en el futuro. De esta manera, nos amamos más a nosotros mismos, cultivando la compasión hacia nuestra propia experiencia, y podemos llevar ese amor a nuevas relaciones con integridad y claridad.
Por el contrario, si nos quedamos victimizados, lamentándonos por lo que nos hicieron sin hacer una introspección honesta, estamos inconscientemente preparando que las mismas heridas se repitan en futuras relaciones.
Jesús nos muestra que los procesos dolorosos pueden convertirse en oportunidades para el crecimiento y la transformación, siempre que los enfoquemos desde el amor propio. Cuando partimos de allí, desaparecen el rencor, la culpa, el miedo, y podemos aprender a amar de manera plena y consciente, primero a nosotros mismos y luego a los demás.

Deja un comentario