
Si te dijera que el fin de las peleas constantes con tu pareja podría estar en una sola decisión —la de cambiar la forma en que reaccionas y pides las cosas—, ¿me creerías? La mayoría de las veces no son los grandes problemas los que nos separan, sino las pequeñas fricciones del día a día. Las presiones del trabajo, los temas de salud, los retos con los hijos o simplemente la carga de mantener una casa pueden hacer que perdamos la paciencia. Somos seres distintos, con formas únicas de sentir y reaccionar, y eso a veces nos lleva a chocar.
Hay quienes son más emocionales y otras personas que, sin darse cuenta, esconden lo que sienten. Muchas veces ni siquiera sabemos qué fue exactamente lo que detonó nuestro enojo; solo sentimos una molestia interna que cargamos todo el día. Esa energía se acumula y, sin darnos cuenta, terminamos reaccionando con irritación ante nuestra pareja. Él percibe la agresividad y responde exaltado, y así nace un círculo vicioso que nos aleja poco a poco.
Si entendemos que el 95% de lo que pensamos y sentimos viene del inconsciente, podemos aceptar que todos necesitamos espacios para conectar con nuestro interior. Cada persona encuentra su forma: algunos a través del ejercicio, otros escribiendo, pintando, meditando o simplemente caminando en la naturaleza. Son momentos en los que soltamos, respiramos y dejamos que la mente se aquiete.
Cuando nos regalamos esos espacios, regresamos más claros. Podemos expresar qué fue lo que realmente nos molestó y pedir lo que necesitamos sin atacar. En ese momento, la conversación cambia. Ya no se trata de culpar, sino de construir. Nuestra pareja podrá decidir si puede o no responder a lo que pedimos, pero al menos habremos comunicado con claridad.
La clave está en hacer introspección. En observarnos antes de reaccionar. Solo así podremos volver a comunicarnos desde la calma, sin explotar, y construir acuerdos que fortalezcan la relación y nos devuelvan a ese espacio de amor que, en el fondo, ambos buscamos.
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